El
fracaso Escolar en el País Valencià:
Realidad, causas, propuestas
José
Antonio Fernández Cabello
Coordinador de EU Alicante
Los datos
Los datos de dos estudios, el de
la revista especializada “Magisterio” y el del informe
PISA, presentan un panorama desalentador:
El fracaso escolar en España
afecta ya a 135.000 jóvenes, lo que supone un 30,8 por
ciento de la población en edad escolar. Esta situación
coloca a España muy lejos de cumplir los objetivos marcados
para Lisboa 2010 de que el abandono escolar temprano que afecta
al 31% de jóvenes (más del doble de la media de
la Unión Europea) se reduzca al 10% en 2011.
El estudio por territorios divide
la Península en cuatro grupos: En el primero se encuentran
las comunidades con mayor fracaso y con un abandono escolar
por encima del 35 por ciento. En este grupo se encuentra la
Comunidad Valenciana con un porcentaje de fracaso escolar del
39,7%, acompañada de Ceuta, Melilla, Baleares y Canarias.
En el otro extremo se encuentran el País Vasco y Asturias,
que no superan el 20 por ciento, por lo que ambas autonomías
podrían llegar a tiempo a los datos requeridos en Lisboa
2010. El resto se calcula, que si continúan con estos
resultados, no podrán lograr los objetivos hasta, al
menos, 2015.
Estos datos coinciden con los resultados
del informe PISA 2006 del que se desprende que la peor evolución
la registran la Comunidad Valenciana, que se ha colocado como
la segunda autonomía española con mayor fracaso
escolar -un 39,7%, sólo por detrás de Ceuta que
alcanza el 52%- y ha empeorado en 14,4 puntos este índice
en el período 2000-2006, cifras que, según la
revista “Magisterio”, "dejan al sistema educativo
valenciano al borde de la quiebra".
En la provincia de Valencia, los
índices del estudio señalan que el fracaso en
2002 afectaba al 29,4% de los escolares, mientras que en 2006
asciende al 36,5%, es decir, siete puntos más en un quinquenio.
En cuanto a Castellón, si
hace cinco años el 35% de la población escolar
no obtenía el graduado en ESO, en 2006 son el 38,8% los
que no lo consiguen, lo que se traduce en 3,8 puntos más.
Pero es la provincia de Alicante
la que ostenta el triste récord del fracaso escolar en
los últimos cinco años, situándose con
un 44% en la segunda provincia de España con mayor índice
de fracaso.
Desgraciadamente la respuesta por
parte de la Conselleria y del propio Presidente Camps ha sido
la descalificación de estos datos, olvidando que el informe
de la propia “casa”, del Consell Escolar Valenciano,
señala que "casi el 18% de los alumnos de la ESO
abandona los estudios en el tránsito de los 15 a los
16 años, sin agotar la edad escolar obligatoria. Este
porcentaje sumado al de cerca del 30% que no supera el graduado
escolar en Secundaria ronda el 47% de fracaso escolar en la
Comunidad".
Las valoraciones
Contrastan estos datos demoledores
con las declaraciones del Presidente Camps que ratificaba al
Conseller Font de Mora en su puesto en pleno conflicto educativo
“porque es un gran conseller y lo está haciendo
de forma excepcional”. No contento con ello añadía
que la Comunitat es "referencia inexcusable de preparación,
oportunidad y prosperidad para todos", ya que se han invertido
unos 4.500 millones de euros en educación, y la próxima
semana se inaugurará el colegio número 300 desde
que el presidente ostenta su cargo.
No hay peor ciego que el que no
quiere ver, ni peor sordo que el que no quiere oír, y
con esa actitud de que en la comunidad estamos en el mejor de
los mundos posibles, es muy difícil esperar que, después
de un análisis del fracaso escolar y de sus causas, se
vayan a poner los remedios necesarios. Aunque siempre nos quedará
el “Chino mandarín” o la preocupación
por los uniformes.
El análisis
La experiencia que me dan 35 años
de docencia y de gestión en centros escolares me permite
tener una visión de la realidad educativa, de la evolución
que la educación ha tenido en este país y del
papel que le toca jugar en la sociedad.
Una de esas realidades más
traumáticas es la del alumno fracasado. Cuando algún
profesor comete el error (lamentable error) de decir a un alumno
que no sirve para nada o lo tacha de inútil o de desastre,
está dejando sobre él un terrible estigma que
arrastrará ya durante toda su vida.
Cuando hablamos del alumno fracasado
corremos el riesgo de simplificar y de reducir el concepto al
hecho de un joven que al concluir una determinada etapa en la
escuela no obtiene calificaciones satisfactorias y consecuentemente
deja de obtener el título correspondiente. Las notas
se convierten así en el dictamen único que establece
el éxito o el fracaso. Uno ha visto profesores de una
misma asignatura y nivel aplicando calificaciones totalmente
contrarias y profesores que han puesto notas de evaluación
a partir de una sola nota de un ejercicio escrito. Las notas
no pueden ser el termómetro único a la hora de
valorar el éxito o fracaso de un alumno.
Un sistema educativo que establece
por ley unos objetivos y unos niveles de conocimiento iguales
para todos y mide el éxito o fracaso de cada uno en la
consecución o no de los mismos es un sistema injusto
porque trata de igual forma a alumnos que parten de realidades
y de una situación de salida totalmente diferentes.
El éxito o fracaso escolar,
pues, no se debe medir exclusivamente por el punto de llegada
y por la consecución o no de unos mismos objetivos, sino
teniendo en cuenta el punto de partida de cada alumno, el progreso
conseguido desde ese punto de partida y las capacidades y expectativas
de cada uno.
Podríamos hacer un tratado
analizando los múltiples factores que determinan el denominado
fracaso escolar o mejor diríamos la falta de éxito
escolar. He aquí algunos: Las desigualdades sociales
previas que determinan la trayectoria de cada alumno en la escuela;
la situación de familias desestructuradas con graves
problemas económicos y laborales; el modelo económico
y social que transmite valores de competitividad, rivalidad,
consumo, etc o presenta modelos de éxito poco recomendables
relacionados casi siempre con programas de TV de contenido rosa
o con los casting; el entorno familiar y la falta de recursos
materiales y culturales que impiden que el niño adquiera
un mínimo de habilidades sociales o de hábitos
de trabajo, de lectura y escritura; el fenómeno migratorio
que provoca la deslocalización de familias y de niños
(cambios de país, de centro y de compañeros) ;
la falta de centros 0-3 años que permitan conciliar vida
laboral y familiar, lo que determina en muchos casos la tardía
escolarización de los niños y las primeras diferencias
y desigualdades; el sistema educativo con currículos
largos, densos, reiterativos y poco prácticos que no
despiertan el interés y la utilidad de la escuela; la
insuficiencia de recursos materiales y humanos que impiden atender
la diversidad en la escuela; la falta de plantillas estables
y suficientes en la mayor parte de los centros (de los aproximadamente
12.000 interinos que hay en el P.Valenciano -50% Infantil Primaria
y 50% secundaria-, 2/3 están en la provincia de Alicante)
; las actitudes de una parte del profesorado que, lejos de abonar
la autoestima del alumno como factor positivo o de poner al
día su metodología y estrategia educativa, provocan
el aburrimiento, el conflicto y el absentismo. Etc.
Las soluciones
¿Qué puede hacer la
escuela ante esta situación?
Me refiero, por supuesto, a la
escuela pública, que es la única que
atiende la pluralidad y la diversidad escolar, a diferencia
de la escuela privada y concertada que selecciona en gran medida
a su alumnado, con el visto bueno de la Conselleria, excluyendo
a la mayor parte del alumnado más vulnerable.
Siendo las desigualdades hechos
reales inevitables, lo que debe hacer la escuela es intentar
corregirlas beneficiando a los más vulnerables.
La escuela puede y debe promover
el principio de igualdad de oportunidades. Todas las personas
tienen reconocido en la Constitución el derecho a una
educación en condiciones de igualdad. Pero este concepto
equitativo debe ser entendido en su sentido más solidario
y de justicia social que, dada la gran diversidad de situaciones
iniciales y de capacidades, no consiste en distribuir de forma
igualitaria los recursos entre todos los alumnos, sino en que
dispongan de más medios quienes parten de situaciones
más desfavorecidas.
En definitiva, para garantizar una
igualdad de oportunidades equitativa, la escuela debe apoyar
con mayores recursos a los alumnos más vulnerables.
Uno de los graves defectos de la
escuela actual es que continúa siendo competitiva y meritocrática
estableciéndose como criterios de éxito el bagaje
de conocimientos que a su vez está muy determinados por
la condición socio-económica de las familias de
origen Por ello, la escuela debe centrar su actuación,
no tanto en currículos densos, reiterativos y poco prácticos,
sino en desarrollar las capacidades fundamentales que son requisitos
previos para actuar como personas autónomas en la sociedad.
No basta con paliar los efectos de la pobreza, sino que es necesario
romper su lógica, generando y desarrollando las capacidades,
los recursos y los instrumentos que les permitan salir de ella
por sí mismos.
La escuela democrática, más
que intentar igualar a los más desfavorecidos con los
más aventajados, debe garantizarles un mínimo
de recursos y la adquisición de competencias básicas.
Por eso cuando hablamos de alcanzar los objetivos curriculares
en la ESO, la escuela debe tener claro que consiste en adquirir
las competencias básicas, destrezas y actitudes que permita
a todos los ciudadanos vivir su condición de personas
y miembros activos en la sociedad en la que viven. Esta garantía
mínima trasciende lo puramente escolar y afecta a la
utilidad social, la formación y las posibilidades de
acceso al mercado laboral. En definitiva convertir a la escuela
en instrumento de éxito.
Lo cual no está reñido
en absoluto con que el sistema educativo se plantee obtener
de los alumnos más aventajados los mejores resultados
y los máximos niveles en conocimientos, destrezas, procedimientos,
actitudes y habilidades, a través de la adaptación
flexible (también por arriba) del currículum.
Se deben redefinir los currículos
y garantizar a las personas que están en mayor riesgo
de exclusión su condición ciudadana y unas competencias
básicas y conocimientos indispensables para hacerse un
lugar en la sociedad (trabajo, salario, cultura etc). El curriculum
no puede excluir otras formas de organización del conocimiento
alternativas que respondan a los intereses y las expectativas
de los más desfavorecidos, teniendo en cuenta las exigencias
de la sociedad y las habilidades y conocimientos que son necesarios
hoy para poder incorporarse al mundo laboral, muy superiores
a las de generaciones anteriores.
En definitiva, la escuela debe
evitar la exclusión, porque las personas excluidas del
sistema educativo suelen serlo también del sistema laboral
al no haber adquirido las competencias necesarias para ejercer
la condición de ciudadano, ejercer sus derechos y participar
de los bienes sociales y culturales.
La escuela como instrumento
de promoción social no debe tener entre sus funciones
la de seleccionar y excluir al alumnado “fracasado”,
sino adoptar cuantas iniciativas, programas y planes atiendan
mejor el diagnóstico de las causas que impiden el éxito
escolar, la orientación adecuada en función de
las capacidades y los intereses de cada alumno y la puesta en
marcha del mayor número de programas e iniciativas de
atención a la diversidad y la pluralidad (tanto para
el alumnado mas retrasado como para el más avanzado)
para obtener lo mejor de cada alumno.
Y todo esto requiere de la Administración
educativa una decidida voluntad política de mejora y
ampliación de las infraestructuras, de escolarización
pública entre 0-3 años, de gratuidad real de la
enseñanza obligatoria (libros, transporte, comedor),
de reforma profunda de la formación del profesorado y
constante renovación pedagógica, de estabilidad
de las plantillas de los centros, de desarrollo de programas
de atención a la diversidad, de reducción de ratios,
de universalización de las nuevas tecnologías,
etc, todo lo cual se concreta en un aumento sustancial de las
inversiones en la educación pública hasta al menos
el 6% del PIB.
La crisis económico-social
que vivimos sólo podrá superarse si entendemos
que "la formación es un factor esencial para asentar
un modelo de crecimiento económico, basado en el conocimiento
y la solidaridad, que permita asegurar un desarrollo sostenible
y una mayor cohesión social".
El fracaso escolar es, en definitiva,
la expresión del fracaso del sistema educativo y de este
modelo de sociedad clasista e insolidaria.
publicat
en àgora del'esquerra
plural >02/04/09
> www.agoraplural.org