El fin ¿de
qué?
Ignacio Blanco, secretario de
Comunicación de EUPV
Habrá que guardar la prensa para recordar
dentro de unos años el vértigo que estos días
sacude el planeta, sumido en una crisis financiera de dimensiones
todavía desconocidas y camino de una recesión que
Solbes y tantos otros apóstoles del neoliberalismo negaron
mucho más de tres veces.
Los medios rivalizan en información económica
y en titulares apocalípticos que anuncian el final de una
era. (Recuerdo a algún antiguo dirigente de mi organización,
ahora escindido, al que incomodaba la mera utilización
del término “capitalismo”, pues creía
que sonaba antiguo. ¡Y ahora resulta que hasta el ministro
alemán de Economía dice que “hay partes de
la teoría marxista que no están nada mal”!).
En los análisis de los más variados
intelectuales –economistas o no- subyace un interesante
debate semántico con connotaciones filosófico-históricas:
¿es ésta una crisis del capitalismo o sólo
de su formato neoliberal? ¿estamos ante el principio de
una nueva gran depresión o ante el final del capitalismo?
La primera cuestión me parece baladí.
El neoliberalismo es el capitalismo realmente existente en todo
el mundo globalizado desde hace treinta años. La financiarización
de la economía, la privatización de las empresas
y servicios públicos, la liberalización del comercio
mundial y la desregulación de los mercados han formado
parte del pensamiento único asumido por todos los gobiernos
occidentales y los grandes partidos conservadores y social-liberales.
Ahora podrán decir misa, pero el proyecto de Constitución
Europea y la Directiva Bolkestein están ahí para
dar testimonio de una época, ya veremos si enterrada o
no. Por tanto, la crisis del neoliberalismo es la crisis del capitalismo.
Lo relevante es saber distinguir si se trata de
una crisis del capitalismo o directamente de su fase terminal.
A esta última tesis se apunta Immanuel Wallerstein, que
ve la confluencia del fin de un ciclo, manifestado en la quiebra
del modelo especulativo de los últimos treinta años,
con un periodo de transición histórica similar al
derrumbe del feudalismo en Europa, y así entiende que el
capitalismo ya no consigue “hacer sistema” y se acaba.
Más comúnmente aceptada es la interpretación
de la crisis del neoliberalismo como el paso previo a una mutación
del capitalismo -su “refundación”, en palabras
de Sarkozy-. Así, al igual que se pasó del capitalismo
mercantil al industrial, y del industrial al financiero, ahora
se trataría de corregir los excesos de la desregulación
y dar a luz un nuevo capitalismo con controles internacionales
en un nuevo orden mundial multipolar.
Pero hay otra forma de ver la crisis, no como un
final, sino como una continuación del neoliberalismo. En
este sentido, Vicenç Navarro recuerda que la intervención
gubernamental a favor de los grandes poderes económicos
y financieros ha sido una realidad creciente desde la época
de Reagan, y que el discurso ultraliberal sobre la reducción
de impuestos y el gasto público sólo se ha aplicado
a las políticas sociales y redistributivas. Así,
la nacionalización de bancos y la inyección de dinero
público en el sistema financiero, más allá
de hacer manifiestas las incoherencias ideológicas, no
suponen ninguna alteración del proyecto neoliberal, pues
siguen prescribiéndose las mismas recetas de flexibilidad
laboral, contención salarial, reducción del gasto
social y privatización de los servicios públicos
e incluso de la Seguridad Social.
No me veo yo autorizado para pontificar sobre estos
asuntos, pero sigo desconfiando de la autodestrucción de
un sistema que genera tan colosales beneficios para los detentadores
del poder económico -y por extensión, militar y
político- sin un enemigo real que le haga frente, pues
el socialismo del siglo XXI sigue siendo una esperanza bañada
en petróleo, y del XX sólo queda la pobre y resistente
Cuba, ya que la plusvalía extraída por el aparato
empresarial estatal a los trabajadores de China actúa como
palanca impulsora de la liberalización del comercio mundial
y por ende de la aplicación en los países capitalistas
de un programa neoliberal todavía incompleto.
¿Quiere decir eso que hemos de asumir el
“fin de la historia”? Ni mucho menos, pues la actual
crisis multifactorial -de sobreproducción, financiera,
alimentaria, energética, ecológica…- demuestra
que el capitalismo es un gigante con los pies de barro. Pero mientras
no seamos capaces de hacerle frente seguirá arrastrando
en su caída libre el futuro de millones de personas y del
planeta entero. Así que no nos conformemos con asistir
de testigos al coma etílico de unos mercados bursátiles
y financieros que van a ser reanimados con transfusiones de nuestra
sangre. Pongamos en marcha alternativas creíbles y solventes
capaces de movilizar a la población trabajadora para cambiar
el orden económico y social.
Tenemos claro qué es “lo viejo que
no acaba de morir”, pero queda mucho trabajo por delante
para construir “lo nuevo que no acaba de nacer”