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Las elecciones en EE.UU.
Mesianismo o movilización popular de la puerta
Vicenç Navarro
Catedrático de Políticas Públicas.
Universitat Pompeu Fabra y Profesor de Ciencias Políticas
de la The Johns Hopkins University
Las limitaciones de gran
número de reportajes sobre EE.UU.
Los reportajes e informes sobre las
elecciones de EE.UU. se han centrado mucho en la personalidad del
candidato vencedor Obama, y muy poco en el contexto que ha determinado
su victoria. Este énfasis en la personalidad, que algunos
autores críticos han definido como “mesianismo”,
despolitiza un hecho que es profundamente político. En realidad,
la victoria de Obama no se puede explicar sin entender el enorme
enfado de las clases populares de EE.UU. hacia las instituciones
políticas de aquel país, un enfado que antecede la
campaña de Obama y que ha alcanzado su cenit con la crisis
financiera y la ayuda del gobierno federal a la banca (Wall Street).
Mientras mucho se ha hablado de la crisis financiera y económica,
poco se ha hablado de la enorme crisis política de EE.UU.
que es la causa de la crisis financiera (como explicaré en
el texto), y sin la cual, Obama hubiera sido una mera nota de pie
de página en estas elecciones. Lo que tales medios parecen
no apercibirse es de que no es Obama el que creó la movilización
popular, sino que ésta, (resultado de una enorme frustración
por parte de las clases populares hacia la clase política)
fue la que hizo posible la candidatura de Obama. El énfasis
sobre Obama, ignorando el contexto político que lo hizo posible
es asumir (como constantemente y erróneamente se hace) que
la historia la escriben “grandes personajes”. Lo que
está ocurriendo en EE.UU. muestra el error de este supuesto.
Y lamento que gran parte de los medios en España (y en EE.UU.)
han incurrido en este error. Me explicaré. Pero antes me
siento en la necesidad de añadir una nota biográfica.
He vivido treinta y cinco años en EE.UU. participando activamente
en la vida académica (como profesor de Ciencias Políticas
y Políticas Públicas de la The Johns Hopkins University)
y vida política (como asesor al candidato a la Presidencia
de EE.UU. durante las primarias del Partido Demócrata de
1984 y 1988, y como miembro del grupo de trabajo, dirigido por la
Sra. Hillary Clinton, en la Casa Blanca, encargado de realizar la
reforma sanitaria. Serví en tal grupo de trabajo a petición
del Rainbow Coalition, que representa la izquierda del Partido Demócrata
y que está compuesto por los sindicatos, el movimiento de
los derechos civiles, el movimiento feminista y el movimiento ecológico).
En España, fui la persona encargada de elaborar el programa
social del candidato Josep Borrell durante las primarias del PSOE
en el año 2000, y soy asesor al gobierno d’Entesa de
Cataluña. Creo pues conocer bien ambos países. Paso
ahora a contar la situación de EE.UU.
La democracia muy incompleta
de EE.UU.
La gran mayoría de reportajes
sobre EE.UU. han idealizado su sistema político. Ni que decir
tiene que tal sistema político tiene elementos muy positivos.
Uno de estos es el sistema de primarias, un sistema en el que todos
los candidatos para cualquier cargo electivo tienen que competir
dentro de cada partido por el voto de los miembros del partido (y
en ocasiones de sus simpatizantes). Este es el aspecto que ha centrado
más reportajes realizados por analistas españoles
que comentan tales primarias con cierta envidia, pues las primarias
en los partidos de España, en caso de existir, no tienen
en general (aunque han habido claras excepciones) la vitalidad y
diversidad que existe en EE.UU.
Otro aspecto que es muy positivo
del sistema democrático estadounidense son los referéndums
a nivel local y estatal (a nivel de cada uno de los cincuenta estados)
que son vinculantes. Así, en el documento donde se votó
el martes constaban no sólo los nombres de los candidatos,
sino también los referéndums sobre los que se tiene
que votar a nivel de los estados. No existen, sin embargo, referéndums
a nivel de todo el país. Esta dimensión positiva de
la democracia no existe en la democracia española, donde
no existe la posibilidad de consultar a la ciudadanía, mediante
referéndums a nivel local y autonómico (a no ser que
exista la aprobación previa del Estado). Esta ausencia parecería
responder al temor que existe en las estructuras de poder de España
(todavía muy centralizadas) hacia la opinión popular.
Estos dos componentes muy positivos
de la democracia estadounidense –las primarias y los referéndums-
están enormemente limitados, sin embargo, por la privatización
en la financiación del sistema electoral. En el sistema electoral
de EE.UU. los candidatos pueden recibir tanto dinero como sean capaces
de conseguir. La mayoría de este dinero se gasta en comprar
tiempo de exposición en las televisiones, todas privadas,
que se venden al mejor postor sin ningún tipo de regulación
o control. Cada candidato, Obama y McCain se ha gastado más
de 2.400 millones de dólares en la campaña electoral.
Aquellos que quieran pueden conseguir financiación pública,
pero la mayoría de candidatos no lo hacen pues es una cantidad
reducida y les limita en cuanto a la cantidad de dinero que puedan
utilizar.
Y la mayoría de estos fondos
no vienen, como frecuentemente se dice, de pequeñas aportaciones
de 20 o 30 dólares enviados al candidato por la persona normal
y corriente, sino que son grandes cantidades procedentes de grupos
empresariales, financieros, profesionales, y grupos de interés
y presión, así como del 30% de renta superior del
país que contribuyen hasta un máximo de 2.300 dólares
en las primarias y un tanto semejante para las elecciones presidenciales.
Este dinero le llega directamente al candidato o a asociaciones
que promueven al candidato y que no están sujetas a los límites
de contribuciones individuales a los que están sujetas cuando
el dinero va al candidato directamente. Obama, por ejemplo, recibió
414.863 dólares de las compañías de aseguramiento
sanitario privado, y McCain, 274.729 dólares de las mismas
fuentes. Una parte también procede de las agencias promotoras
de intereses empresariales basadas en Washington, que se conocen
como lobbies. Obama dijo rechazar dinero de los lobbies basados
en Washington, pero recibió dinero (y mucho) de los intereses
financieros (basados en Wall Street) y empresariales. No es cierto
que la mayoría de sus fondos procedían de aportaciones
de menos de 200 dólares. Sólo un 20% de las aportaciones
individuales vinieron de tal tipo de contribuciones.
El origen del dinero varía
según el momento de la campaña. Así, al principio,
cuando el candidato no es todavía conocido, el dinero procede
de grupos financieros y empresariales que intentan influenciar al
candidato. Así Obama había recogido 100 millones de
dólares antes de que empezaran las primarias. Estos fondos
incluían fondos de grupos inmobiliarios y capital financiero.
Es más tarde, cuando los candidatos son conocidos, cuando
las aportaciones individuales juegan un papel mayor, siendo su porcentaje
mayor a medida que prosiga la campaña. Parte del éxito
de la campaña de Obama fue el movilizar tres millones de
donantes para garantizar un flujo constante de 200 euros o cantidades
semejantes. La mayoría de contribuciones, sin embargo, son
mayores que tales cantidades y proceden del 30 por ciento de renta
superior de la población.
Tal sistema de financiación
discrimina a los candidatos de izquierda, como Kucinick o Edwards,
que no consiguen aportaciones de los grupos empresariales o de los
sectores más pudientes de la población. Los 100 millones
que Obama tenía al principio de la campaña, contrastaban
con los 3 millones que tenía Edwards o los 650.000 dólares
que tenía Kucinick. Es cierto que hay grupos importantes
progresistas, como los sindicatos, que también contribuyen
a las campañas electorales, pero son cantidades en absoluto
comparables a las que proveen grupos financieros y empresariales.
El dinero que dan las nueve empresas más importantes de EE.UU.
a las campañas electorales es cincuenta veces mayor que las
aportaciones que dan todos los sindicatos. Este maridaje entre la
clase empresarial (conocida en EE.UU. como Corporate Class) y la
clase política es lo que se llama Washington y provoca un
gran rechazo por parte de las clases populares. En realidad, a mayores
contribuciones por parte de la clase empresarial al proceso político,
mayor abstención de la clase trabajadora, que es plenamente
consciente de que la clase política no representa sus intereses.
En realidad, el 80% de la ciudadanía no cree que el Congreso
de EE.UU. refleje sus intereses.
Es sorprendente que tal sistema
político sea alabado en España, presentándolo
como modélico. Su aplicación en España significaría
que las campañas electorales estarían financiadas
por la banca, las cajas, Telefónica, Repsol, MAPFRE, y un
largo etcétera, así como por aportaciones procedentes
del 30% de renta superior del país. Es más, no habría
ninguna regulación de los medios radiofónicos y televisivos,
de manera que los que pudieran conseguir más dinero podrían
tener mayor tiempo de exposición sin ningún tipo de
limitación. Es preocupante que tal sistema político
haya conseguido las alabanzas que ha estado recibiendo de muchos
articulistas y tertulianos españoles.
Las consecuencias de tal privatización
del sistema electoral son enormes. No sólo excluyen a las
izquierdas, sino que reproducen una clase política enormemente
estable. Según el Instituto de análisis electorales,
Common Cause, el 92% de los candidatos que reciben más dinero
en las campañas ganan las elecciones. Hay pues una relación
clara entre dinero y capacidad de ser elegido. Por otra parte, la
mayoría del dinero va a políticos que ya han estado
elegidos en elecciones previas (y en grado menor a los que se presentaron
para desbancarlos del cargo político). De ahí que
del 85% el 94% de representantes elegidos que se presenten de nuevo,
salen reelegidos, reproduciéndose así la clase política
más estable de todas las clases políticas de las democracias
occidentales.
No es pues de extrañar que
la mayoría de la ciudadanía no se encuentre representada
por el Congreso de EE.UU. (o por otras cámaras representativas)
participando poco en el proceso electoral, una escasa participación
que paradójicamente es favorecida por la clase política.
Me di cuenta de ello cuando en el año 1988, la delegación
del candidato Jackson (del cual yo era parte) se reunió con
la delegación del candidato ganador de las primarias del
partido Demócrata, el Sr. Dukakis para pactar las condiciones
de apoyo del primero al segundo. Una de tales condiciones era que
el Partido Demócrata diera fondos para facilitar el registro
de votantes (en EE.UU. una persona debe registrarse antes de poder
votar). Pronto vi que muchos representantes no estaban muy a favor
de ello. La causa era sencilla. Si el gobernador demócrata
del Estado de Maryland gana las elecciones del Estado de Maryland
en la que sólo vota el 30% de la población, necesita
sólo un 16% para ganar, un porcentaje relativamente fácil
de conseguir a partir de políticas clientelares. Si aumenta
el porcentaje de votantes, tendría que aumentar el apoyo
necesario para ganar, con lo cual favorece que no haya un aumento
del voto.
Se me dirá, ¿y por
qué la gente no se rebela, votando a otros partidos? La respuesta
presenta la segunda gran deficiencia del sistema estadounidense:
el sistema bipartidista mayoritario, no proporcional. El ciudadano
en la práctica puede votar sólo al Partido Republicado
o al Demócrata. Y el que tiene la mayoría de votos
consigue todos los delegados de la circunscripción. En estas
condiciones es muy difícil para un tercer partido el ganar
las elecciones, pues, a no ser que gane más del 51% del voto,
se queda sin ningún delegado, independientemente de que haya
conseguido el 49% o el 1% de los votos. De ahí que la misión
histórica de un tercer partido es perjudicar (restando votos)
al partido más próximo. Así, Perot facilitó
la victoria de Clinton, perjudicando a Bush padre. Y Nader perjudicó
a Gore que perdió a Bush hijo. Este bipartidismo es otra
de las causas de que la ciudadanía se encuentre frustrada.
En realidad, si EE.UU. tuviera un sistema electoral proporcional,
las distintas sensibilidades que aparecen durante las primarias
de los dos partidos mayoritarios serían partidos políticos.
En un sistema bipartidista mayoritario, sin embargo, es un error
crear partidos, pues pierden su capacidad de influencia, que es
lo que pasó con el Partido Verde (Nader) que posibilitó
la victoria de Bush hijo. Existe pues una enorme alienación
de la población hacia la clase política percibida
como cautiva de los intereses económicos del mundo empresarial
(conocida como la Corporate Class en EE.UU.). De ahí que
todos los candidatos se hayan tenido que presentar como “anti-Washington”.
Este patrocinio empresarial de los
candidatos explica que las diferencias entre tales candidatos (que
existen y que son muy importantes) son mucho menores que las diferencias
existentes entre las izquierdas y derechas en España. En
realidad el candidato Obama es un candidato de centro y en terminología
española y en algunas áreas y propuestas (como su
propuesta sanitaria) está a la derecha del PP. No pide por
ejemplo la existencia del derecho a acceso a los servicios sanitarios
aceptada por la derecha española. No es cierto, de hecho,
que Obama haya pedido la universalización del derecho de
acceso a los servicios sanitarios. En realidad, Obama cuando habla
de universalizar los servicios sanitarios para los niños
(no existe la propuesta de garantizar cobertura universal a la población
adulta), quiere decir que obliga a todos los padres a que compren
pólizas de aseguramiento sanitario privado para sus hijos.
De la misma manera que para conducir un coche se requiere un aseguramiento
del coche, la propuesta de Obama es que cada padre tiene que asegurarse
de que su(s) hijo(s) tiene(n) un aseguramiento sanitario privado.
Es cierto que facilita desgravaciones y subsidios, pero no garantiza
que el Estado sea el que universalice tales derechos. Exige, en
su lugar, que los ciudadanos compren su propio aseguramiento. Ni
que decir tiene que el programa de Obama es mucho mejor que el de
McCain, pero esto no quiere decir mucho en términos europeos.
La propuesta de que sea el Estado el que garantice tal derecho (lo
que en EE.UU. se llama single payer, siguiendo el modelo canadiense)
no ha sido aceptado por Obama, pues considera que, aún cuando
tal sistema sería el más aconsejable, implicaría
un enfrentamiento con las compañías de seguro (que
han financiado en parte su campaña) que considera inviable
en la situación política de EE.UU. Esta propuesta
es la deseada por la mayoría de la ciudadanía (2/3
de la población).
Otra aclaración. El gran énfasis
en las personalidades debilita enormemente la democracia. Es sorprendente
que medios de información que son, con razón, muy
críticos hacia sistemas mesiánicos fijados en la figura
de un redentor, hayan seguido prácticas mesiánicas
hacia Obama, reproduciendo una característica del sistema
estadounidense, que al centrarse en personalidades, despolitiza
la política estadounidense. Es un síntoma de inmadurez
política el enfatizar las personalidades, promocionándolas
como se promueve cualquier otro producto comercial. Ello se realiza
a pesar de que la mayoría de la población expresa
su descontento con tal énfasis mediático, prefiriendo
que se discutan las propuestas, en lugar de las personalidades.
En realidad, ha habido muy pocos programas que analicen en detalle
las propuestas hechas por los candidatos excepto en la reproducción
de eslóganes propagandistas como la llamada al cambio sin
que se explicite a qué cambio se está refiriendo.
La alienación de
la población y el fenómeno Obama
El enorme descontento de la población
estadounidense ha sido lo que ha posibilitado a Obama presentarse
como una alternativa a Washington, al ser muy nuevo en Washington,
y al haberse opuesto a la guerra de Irak, dos credenciales de gran
poder hoy en EE.UU. A ello se añade su condición de
ser afro americano, que en sí constituye un elemento de cambio
y corrección de una gran injusticia social, añadiéndose
a ello la enorme crisis financiera y económica que ha movilizado
a grandes sectores populares para echar a Bush. El éxito
de Obama fue aprovechar el gran descontento de la ciudadanía
hacia el establishment político para promover y liderar su
candidatura. Y la dirección del Partido Demócrata
se veía claramente como parte del establishment. Mucho se
ha hablado de la enorme impopularidad de Bush. Pero lo que no se
ha dicho es que el Congreso Estadounidense, controlado por el Partido
Demócrata era incluso más impopular. En el 2004 el
Congreso pasó a ser controlado por el Partido Demócrata
con el claro mandato de retirarse de Irak, sin que ello ocurriera
durante su mandato. El Congreso continuó apoyando la ocupación
de Irak. Una situación semejante ocurrió con otras
demandas tales como la universalización de los servicios
sanitarios que la población desea pero que el Congreso no
realiza (debido en parte a los dineros que congresistas en comités
clave han recibido en sus campañas electorales de compañías
de seguros que financian y gestionan la sanidad estadounidense).
Este descontento se ha ido incrementando
con la crisis financiera motivada, por cierto, por la crisis política.
Tal crisis se inició a partir de los años del Presidente
Reagan cuyas políticas públicas han polarizado la
distribución de las rentas en EE.UU., con un descenso de
la capacidad adquisitiva de las clases populares (un obrero de 30
años recibe un salario que es un 17% más bajo que
el existente en 1980), y un incremento de las rentas superiores,
que alcanzan unos niveles de gran exuberancia. En realidad, la renta
del 1% de la población de renta superior es mayor que la
suma de la renta de 40% de la población de EE.UU. Mientras
que en 1980 (el inicio de la revolución liberal), un ejecutivo
de una gran empresa cobraba cuarenta veces lo que ganaba un trabajador
promedio, en el año 2000, el primero ganaba cuatrocientas
veces más que el segundo. Ganaba en un día lo que
el trabajador ganaba en todo un año. Nunca antes (desde la
Gran Depresión) se habían alcanzado unos niveles de
desigualdad semejantes. Mientras que los salarios han descendido
desde 1996 al 2001, las rentas de la decila superior han incrementado
durante el mismo periodo un 58%. Y tal polarización ha significado
también una disminución de la movilidad vertical de
la ciudadanía, de manera que paradójicamente, en el
mismo periodo en que un Afro americano es elegido Presidente, dando
una imagen de movilidad racial, las posibilidades para que una persona
que vive en la última decila de renta del país deje
tal nivel son las más bajas de los países de la OECD
de nivel comparable al de EE.UU.
Nos encontramos pues, en una situación
en que la mayoría de la ciudadanía está superendeudada,
mientras que las grandes rentas están invirtiendo en actividades
especulativas que originan las burbujas especulativas y las crisis
financieras. Esta polarización de las rentas es también
responsable de la gran influencia del capital financiero en la vida
política que alcanza su máxima expresión cuando
Wall Street controla la agencia federal que debe regular la banca
establecido por el gobierno Bush. De ahí que la crisis financiera
moviliza todavía más a las clases populares votando
por lo que perciben puede ser un cambio.
¿Habrá cambio
con Obama?
Está claro que el voto por
Obama y por el Partido Demócrata es un voto por cambio. Votó
el 64% del electorado, con un 36% de abstención. Los tres
grupos que votaron más masivamente por Obama fueron los afro
americanos (el 93% de los votantes negros), los hispanos (66% de
los votantes hispanos) y jóvenes (el 66% de los votantes
jóvenes). Y dentro de la raza blanca, a menor renta, mayor
apoyo a Obama, alcanzando un 44% entre los trabajadores blancos.
Las mujeres han votado a Obama más que a McCain (aunque las
blancas votaron más a McCain que a Obama).
Estos grupos, la clase trabajadora
y sectores amplios de las clases medias han sido las fuerzas que
han presionado más por el cambio. Y para desarrollarlo, Obama
tendrá que ir más allá que su programa. En
realidad su programa es muy moderado lo cual explica el apoyo de
The Financial Times y The Economist que están preocupados
por el desprestigio del gobierno federal de EE.UU. y de las elites
gobernantes de aquel país. Ni que decir tiene que la elección
de Obama, el primer afro americano elegido presidente, es de un
enorme simbolismo que explica la gran celebración de su elección
entre las personas progresistas del mundo. Es la culminación
de la lucha de derechos civiles en aquel país. Como lo puso
muy claramente Jay-Z, el famoso cantante negro, “Rose Park
se sentó en un autobús a fin de que Martin Luther
King pudiera andar. Martin Luther King anduvo y anduvo para que,
un día, un Obama pudiera correr, y ahora Obama correrá
para que podamos votar”. Es un gran día para EE.UU.
y para toda la humanidad.
Pero desde el punto de vista de
la reforma profunda que el país (y el mundo) necesita, las
limitaciones de su programa son grandes, tipificadas por el conflicto
entre las grandes influencias empresariales y financieras que le
apoyaron y sus bases electorales más movilizadas que exigen
un cambio. Y que esto ocurra depende de la movilización de
estas bases. Después de todo, Franklin Roosevelt también
fue un candidato moderado que presionado por las movilizaciones
populares estableció el New Deal (que ni siquiera estaba
en su programa cuando salió elegido por primera vez). Lo
mismo podría ocurrir con Obama. Y hay indicios que podrían
ser así. Un ejemplo ocurrió sólo hace unas
semanas cuando Obama apoyó la propuesta Bush de ayudar a
la banca comprándole las hipotecas basura, propuesta hecha
por el Secretario del Tesoro que había sido dirigente del
Banco Goldman Sacks. Tal proyecto definido por el Senador Sanders
del Estado de Vermont (el único Senador perteneciente a la
Internacional Socialista) como la “Instrumentalización
más abusiva del estado federal por parte de la banca que
ha ocurrido en EE.UU.” fue modificado por el Partido Demócrata
pero de una manera muy insuficiente. La protesta de las bases del
Partido Demócrata hizo que se fueran incorporando cambios.
Pero el cambio más significante fue la protesta popular (liderada
por los Sindicatos) que forzó que Obama y el Partido Demócrata
añadieran otra propuesta, la de que el Gobierno Federal invirtiera
150.000 millones de dólares en infraestructuras y servicios
públicos como manera de crear empleo, propuesta que no estaba
en su propuesta inicial. Es más, los sindicatos exigieron
que se incorporaran economistas keynesianos a los liberales que
predominaban en su equipo económico, a lo cual Obama accedió.
De no continuar tal presión popular, podría ocurrir
lo que le ocurrió a Clinton en 1992, cuando tras ganar las
elecciones con un programa socialdemócrata de tipo keynesiano
(más progresista que el de Obama y que incluía el
establecimiento de un programa universal de salud), dejó
de desarrollarlo debido a la presión de Wall Street a través
de su secretario del Tesoro, Robert Rubin (que hoy asesora a Obama).
Una consecuencia fue que en 1994, en las elecciones al Congreso,
el votante demócrata, enfadado con Clinton, dejó de
votar, aumentando la abstención de las bases electorales
del Partido Demócrata, con lo que el Partido Republicano,
con el mismo número de votos que en las elecciones anteriores,
en 1990, ganó y se inició la revolución de
Gingrich, una de las épocas más reaccionarias en la
historia de EE.UU. De ahí la enorme importancia de que para
que la espléndida victoria de Obama inicie el cambio deseado
por la mayoría de las clases populares, se requiera un cambio
mayor que el propuesto por el candidato y ahora Presidente Obama.
Y esto no ocurrirá a no ser que la movilización popular
que hizo posible que Obama fuera Presidente ahora haga posible tal
cambio. La historia la escribe no los grandes personajes, sino las
clases populares cuando se movilizan.
28/11/08
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