La
crisis viene para quedarse
Pedro Montes,
economista
Ante un enfermo
tan grave, el sistema financiero internacional, que corrió
el peligro de sufrir un colapso definitivo el fin de semana
del 9 de octubre, los gobiernos han puesto en marcha un tratamiento
de choque, con varios objetivos, en un intento desesperado de
evitar lo peor.
En primer
lugar, tratan de impedir que las bancarrotas de los bancos –el
corazón del sistema- se propaguen por los principales
centros financieros de todo el mundo. De ahí las decisiones
de inyectarles liquidez y sanearlos, bien sea participando en
su capital, caso de la Gran Bretaña, o comprándoles
sus activos, los malos o tóxicos como en Estados unidos,
o sólo los buenos, como asegura el gobierno español.
En segundo lugar, quieren desatascar y lubricar los canales
de circulación, ante la falta de riego monetario y crediticio
de la economía, poniendo dinero fácil a disposición
de las entidades, como está haciendo el Banco Central
Europeo, o avalando los préstamos a la banca y las operaciones
interbancarias, como ha decidido el gobierno español.
En tercer lugar, pretenden que no se extienda como reguero de
pólvora el pánico entre los depositantes, lo que
arrastraría al hundimiento del sistema, que se fundamenta
en la confianza del público, y de ahí la carrera
de los Estados por garantizar la totalidad de los depósitos
bancarios, caso por ejemplo de Alemania, o de elevar significativamente
la garantía, de 20.000 a 100.000 euros por titular y
entidad, caso español.
Cabe decir
de inmediato que todas estas medidas, por dificultades de todo
tipo y dado su carácter propagandístico y tranquilizador,
se han quedado por ahora en declaración de intenciones,
sin que se hayan traducido en acciones eficaces para lograr
los objetivos mencionados. Una cosa es predicar y otra dar trigo.
No sólo hay dificultades técnicas para poner en
marcha los planes de salvamento anunciados, sino también
problemas difíciles de superar, e incluso objetivos imposibles
de cumplir. Tal es el caso del saneamiento de los balances de
los bancos con fondos públicos, pues los Estados tendrán
que acudir masivamente a los mercados para colocar deuda pública
en unas cantidades tan colosales, cientos de miles de millones
de euros o dólares, que los mercados obturados y dominados
por la desconfianza no están en condiciones de absorber.
Y si llegaran a conseguirlo, sería en gran medida por
las compras de deuda pública de los particulares, con
las consiguientes retiradas de sus depósitos de las entidades
financieras, con lo que... lo comido por lo servido.
Las intenciones
son una cosa, las posibilidades reales de cortocircuitar eficazmente
la crisis financiera otra muy distinta. Así que se puede
llegar a la conclusión que, superado un momento dramático,
el enfermo continua grave, es capaz de provocar mas momentos
de pánico generalizado, sin poder descartarse un desenlace
fatal, y, en la mejor de las expectativas, su curación
requerirá de mucho tiempo, años, lo que determina
un futuro económico depresivo y lleno de dificultades.
Para la economía
española, estos pronósticos adquieren una particular
gravedad. La crisis inmobiliaria aun no ha desencadenado plenamente
sus repercusiones financieras, si bien el ritmo al que crece
la morosidad avisa de los peligros. Los recursos necesarios
para financiar el déficit de la balanza por cuenta corriente,
unos 100.000 millones de euros anuales, en torno al 10% del
PIB, acentúan las dificultades del sistema financiero
español al depender en gran medida de los mercados exteriores.
Y estos déficit crecientes en los últimos años
han generado una deuda externa neta que supera los 700.000 millones,
el 70% del PIB, lo que complica aún más la financiación,
pues el país ya no goza de total confianza como buen
deudor: los tipos de interés que se pagan están
más de medio punto por encima de otros países
considerados más solventes.
Para colmo,
esa deuda neta, 0,7 billones de euros, es la diferencia entre
los activos y los pasivos de la economía española
con el exterior, y estos últimos ascienden a más
de 2 billones de euros, con sus correspondientes cargas de intereses
y compromisos de amortización. Añádase,
por último, que la recesión la economía
española será más intensa que la que sufrirán
otros países del entorno, aunque sólo sea por
la crisis particularmente aguda de la vivienda, y que la recesión
entraña a su vez complicaciones financieras, ya que degrada
la calidad de los activos financieros hoy todavía sanos.
La caída de las cotizaciones ahí está para
demostrarlo. Se puede concluir, pues, que de modo inexorable
se abre un periodo temible, plagado de riesgos y problemas económicos
y sociales, con muchas incertidumbres, pero también preñado
de esperanzas para la izquierda.
Paradójicamente,
la crisis financiera aún no ha explotado en nuestro país
(aunque se ve afectado por la crisis internacional). El gobierno
alardea de ello y cree que tiene la situación bajo control.
Nada de ello es cierto. A la hora de hacer previsiones es un
desastre: basta recordar que hace apenas unos meses hablaban
del pleno empleo. Confiar en este gobierno para superar la crisis
cae en el terreno de la fe: es como creer en los milagros de
la virgen de Lourdes. Cabe preguntarse de donde se obtendrán
los 50.000 millones euros con los que pretende adquirir activos
a la banca española y si esa cantidad permitirá
abrir las espitas del crédito. Eso sí, ha dejado
bien claro, como socialista que es, que de entrar en el capital
de la banca o de crear un sector financiero público,
nada de nada, ¡hasta ahí se podía llegar!
Que nadie
se confunda. La crisis financiera sigue, la depresión
económica está llegando para quedarse y se ha
de tener siempre presente que si todo esto fuese un mal sueño,
al despertarnos aún habría que soportar la amarga
realidad de una economía cuya situación competitiva
en el contexto del mercado y la moneda únicos arroja
un déficit exterior de más del 10% del PIB.