Obama
y el bus ateo
Ignacio
Blanco, Secretario de comunicación de EUPV
Seguí
por televisión la investidura de Barack Obama. Con toda
la pompa y el delirio patriótico que caracteriza estas
ceremonias se produjo el juramento, al parecer defectuso, sobre
la misma Biblia que utilizó Abraham Lincoln en 1861.
“Que Dios me ayude” son las últimas palabras
que el presidente electo debe pronunciar antes de convertirse
en el Presidente de los Estados Unidos de América.
En un país
en el que hasta los dólares proclaman el archiconocido
“In God We Trust”, los políticos deben hacer
constante exhibición de unidad familiar, fervor patriótico
y fe religiosa –para el caso vale cualquiera, siempre
que sea alguna de las múltiples variantes del cristianismo-.
Obama no es en esto ninguna excepción. Su toma de posesión
estuvo precedida por el sermón de un sacerdote y su discurso
trufado de referencias al mandato divino, la grandeza de su
nación, los Padres Fundadores y los héroes caídos.
Pero más
allá de las exégesis sobre cada afirmación
de Obama, sin duda mucho menos osadas de lo que nos gustaría
a los rojos del mundo entero -pero ¿qué esperábamos?-
aunque supongan un giro considerable respecto a la retórica
chusquera del nunca suficientemente denigrado George W. Bush,
me llamó la atención un aspecto secundario de
su discurso, casi anecdótico pero significativo: al referirse
al pluralismo religioso de su nación nombró a
“cristianos y musulmanes, judíos e hindúes…
y no creyentes” (non believers).
Puede parecer
una nimiedad pero, por lo que conozco de la cultura norteamericana,
el ateísmo –como el socialismo- está completamente
fuera de sus coordenadas. No importa cuál sea tu dios
pero siempre debes creer en “algo”, pues lo contrario
te hace sospechoso de engreimiento personal o depravación
moral –según se trate de ambientes liberales o
conservadores-. Por eso el reconocimiento de Obama es toda una
novedad, y una sorpresa.
Existimos.
Aparecemos. Se nos considera.
Esta salida
del armario de quienes no creemos en deidad ni trascendencia
alguna se está haciendo más evidente en España
a raíz de la polémica sobre el bus ateo. La campaña
puesta en marcha en Londres ha pasado ya por Barcelona y pronto
llegará a Madrid –en Valencia ha topado el boicot
del Ayuntamiento del PP ¡y en Zaragoza con el del PSOE!-
anunciando algo bien simple: “Probablemente Dios no existe.
Deja de preocuparte y disfruta la vida”.
Rápidamente,
la jerarquía eclesiástica, su brazo político
–el Partido Popular- y su aparato mediático –la
COPE y tantos canales de TDT como gobiernos autonómicos
de la derecha- han puesto el grito en el cielo –valga
la expresión- afirmando que “utilizar espacios
públicos para hablar mal de los creyentes es un abuso
que condiciona injustamente el ejercicio de la libertad religiosa”
(Rouco Varela dixit). Además de manipular demagógicamente
el sentido de la campaña atea –que en ningún
momento ataca a los creyentes-, el comunicado de la Conferencia
Episcopal realiza el mismo tipo de afirmaciones categóricas
que niega a los demás derecho a hacer (“…insinuar
que Dios probablemente sea una invención de los creyentes
y afirmar además que no les deja vivir en paz ni disfrutar
de la vida, es objetivamente una blasfemia y una ofensa a los
que creen… Los católicos respetarán el derecho
de todos a expresarse y estarán dispuestos a actuar,
tanto con serenidad y mansedumbre ante las injurias, como con
fortaleza y valentía en el amor y la defensa de la verdad:
Dios es amor”).
Tienen la
piel muy fina los obispos. Hablan ahora del derecho a la libertad
religiosa después de haber impuesto el catolicismo a
sangre y fuego durante siglos. Reclaman “respeto a todas
las creencias” mientras ellos insultan sin rubor ni contricción
a todos cuantos piensan o viven diferente (baste citar a un
solo obispo, monseñor Reig Pla: “Las parejas de
hecho y los homosexuales son un exponente claro de crisis de
la civilización”, “En los matrimonios civiles
y en las parejas de hecho se produce un 400 por ciento más
de violencia doméstica que en los matrimonios religiosos”,
etc).
Resulta sorprendente
que la mera expresión de una creencia (“Dios no
existe”, precedida del educado y hasta pusilánime
“probablemente”) resulte inadmisible para quienes
proclaman a los cuatro vientos la creencia contraria (“Dios
existe”). ¿Acaso no nos ampara también a
los descreídos el derecho a la libertad religiosa?
A mí,
como ateo –aunque tentado de seguir el ejemplo de Rafael
Reig, que se define como “antiteo”- me interesan
poco las discusiones metafísicas. Respeto otras creencias
diferentes de la mía y en alguna ocasión me animo
a debatir con quienes las sostienen, pero no voy a perder el
tiempo haciendo proselitismo. No lo considero una prioridad.
La campaña del bus ateo me parecería una anécdota
sin importancia si no fuera porque sirve para empezar a romper
la telaraña sobre la que se sustentan muchos de los privilegios
de la Iglesia Católica en España, desde la multimillonaria
financiación pública hasta la patente de corso
con la que lanzan admoniciones sus mandamases. La supuesta implantación
social de su religión –no sabemos si se mide contando
las partidas de bautismo, cuya cancelación se niega a
los apóstatas, o las casillas marcadas en la declaración
de la renta, lo que cambiaría muy mucho el resultado-,
es utilizada para condicionar la legislación civil o
justificar la participación de la Iglesia en ámbitos
institucionales, por ejemplo, impartiendo su doctrina en las
escuelas.
El gobierno
del PSOE no se ha atrevido a acabar con estos privilegios. En
primer lugar, la asignatura “Historia del hecho religioso”
pretendía hacer pasar por avance del laicismo un enfoque
educativo claramente tendencioso, al presentar únicamente
una imagen positiva de la religión y excluir las opciones
agnósticas, ateas e incluso antirreligiosas. En segundo
término, los convenios con otras confesiones religiosas
establecidas en España para que también impartan
clases en los centros públicos no hacen sino consolidar
el mismo modelo –es la política del “café
para todos”, aunque unos se lleven un grano y los otros
el cafetal entero-. Por último, nunca está de
más recordar el sustancial incremento de la financiación
estatal directa a la Iglesia Católica, que en 2006 pasó
del 0’52% al 0’7% del IRPF, más los consabidos
extras.
Ante este
estado de cosas, es importante que se reconozca la existencia
de agnósticos y ateos –mayoría declarada
en Francia y minoría creciente en España y los
demás países de la Europa occidental-, y que nosotros
mismos exijamos también un respeto a nuestra (des)creencia.
Tal vez sea la única forma de llegar algún día
a la consecución de un Estado laico.