La
moral y las víctimas
José Manuel Rambla,
periodista y editor de "A
este lado del paraiso"
Moralizar
el capitalismo se ha convertido en la gran obsesión de
Nicolas Sarkozy. Mientras en España el desempleo ha crecido
un millón de personas en los últimos doce meses
y la cifra de los cuatro millones de parados se deja ya entrever
en el horizonte, cruzando los Pirineos el presidente francés
sigue empeñado en reconducir con buenas intenciones una
crisis que, a su juicio, es fruto último del pecado original
al que se entregaron ciertos brokers y algunos promotores inmobiliarios
predispuestos a robar a manos llenas más de lo recomendablemente
permitido.
El mediático
mandatario reiteró estos planteamientos durante la conferencia
Nuevo Mundo, nuevo capitalismo que hace unos días se
desarrolló en París. Lo hizo flanqueado por la
canciller alemana Ángela Merkel y el ex primer ministro
británico Tony Blair. Juntos encarnan una suerte de santísima
trinidad del postneoliberalismo, unidos en la promoción
de una especie de capitalismo del siglo XXI cuya concreción
tan sólo el político británico se atreve
a desvelar en alguno de sus aspectos, el menos novedoso: olvídense
del Estado del bienestar. Una perspectiva que deja a los excluidos
–a esa nueva y bien real pobreza del siglo XXI- sin más
consuelo que esperar la moralización anunciada y confiar
en la bienintencionada limosna de la caridad. Siempre y cuando,
eso sí, renuncien a la más mínima pretensión
y asuman con resignada paciencia su condición de víctimas.
Porque a la mano invisible del
mercado parece sucederle en este nuevo ciclo económico
el designio caprichoso de una misericordia selectiva. El pobre,
el oprimido, el explotado debe adoptar a cambio el temblor del
desamparo y la fragilidad. Sólo entonces una legión
de caritativos voluntarios se pondrá en marcha para darle
de beber, saciar en algo su hambre, cubrir su desnudez o amputar
sus miembros gangrenados para prolongar su vida.
La propuesta no es nueva. En
realidad, las grandes multinacionales del humanitarismo la vienen
imponiendo desde la guerra de Biafra de 1967 como alternativa
a los desórdenes más variopintos. Las víctimas,
como imperativo moral incuestionable, son lo primero. Se trata
de una “exigencia moral”, como la defendida en su
día por Kofi Annan desde la secretaría general
de Naciones Unidas, que no dudará en hacer llegar la
ayuda a golpe de cañón si es preciso. Pero sólo,
claro, para víctimas resignadas, sumisas, capaces de
arrancar lágrimas en los horarios de prime time de los
televisores. Víctimas pasivas, apolíticas y apáticas
hasta de sus propias vidas, dispuestas a colmar con sus vientres
hinchados y moscas en los ojos, la carencia de emociones de
una audiencia rendida a la solidaridad hecha comercio con pretensión
de justo, cuando no, como denuncia el congoleño Bolya
Benga, mero canibalismo humanitario.
Por eso es imprescindible que
por nada del mundo el damnificado ose levantar la mano para
pedir la palabra. Que no se le ocurra exigir basta, que su mirada
no se levante del suelo pretendiendo respeto a su dignidad.
Menos aún que no se le ocurra gritar, alzar un puño,
reclamar lo que es justo. Ninguna gala benéfica recaudará
entonces fondos para su desdicha, ningún cantante reunirá
miles de espectadores que con velitas encendidas iluminarán
el auditorio de esperanza patrocinada por Coca Cola.
Porque la víctima que
pierde así su pureza, resulta sospechosa, culpable de
su calamidad, como bien sabe el pueblo palestino. A ellos se
les deja agonizar en su pretendida soberbia, con la tranquilidad
de conciencia que otorga un cohete Qassam que echarles en cara.
Y por eso también, mientras Sarkozy habla de moralizar
el capitalismo, su ministra del Interior Michèlle Alliott-Marie
se dedica a descubrir futuros insurgentes. Pobres desgraciados
que no se contenten con la suerte de poder disfrutar de su desgracia.